La Ninfa del Júcar

I. Hace muchos años, había un conde inmensamente rico, que habitaba en el palacio situado en medio de sus posesiones, junto a las riberas del Júcar.
Hoy sólo quedan las viejas ruinas de la mansión señorial. Mejor dicho: los cimientos y algunas piedas, por donde se pasean los lagartos a placer, tomando el sol en el buen tiempo.  Este conde -cuyo nombre se ha perdido, como igualmente el de su título nobiliario- tenía un hijo joven, gallardo y muy guapo. Había heredado la intrepidez de su padre (que en guerras conta los moros ganó inmarcesibles laureles, honores y tierras), y de la condesa, la dulzura, la nostalgia, que se reflejaba en sus ojos azules.
Gustaba mucho el joven condesito Edelmiro, pasar horas y horas bajo los frondosos árboles, a orillas del caudaloso y dulce Júcar y pasear en barca. El murmullo de su corriente era la mejor distracción de Edelmiro. Aquellos paisajes de maravilla, formaban toda la ilusión del romántico joven, que se pasaba la vida recorriendo los contornos.
Muy cerca del palacio condal, está Villaverde. Hoy se llama este pueblo Villaverde y Pasaconsol.
Veamos el origen de este nombre, según cuentan los campesinos del lugar. Como queda dicho, la estirpe del noble conde desapareció y sólo quedan las ruinas, cerca de la ribera del Júcar, no lejos de la carretera general Madrid-Valencia, como testimonio de esta leyenda.

II.
Un día, el conde llamó a su hijo y le hablo de esta manera:
-Hijo mío, es hora de que vayáis pensando en tomar estado.
-Creo, señor y padre mío, que tengo tiempo sobrado todavía.
-Pero es que yo desearía, que antes de morir, tuviera la suerte de veros convertido en respetable padre de familia; que una mujer buena y dulce, como lo fue vuestra difunta madre, cuide de vos y os ayude a manejar la hacienda...

Además, es necesario perpetuar nuestro apellido... y eso, querido Edelmiro, sólo es posible mediante vuestro matrimonio...
-Me parece bien -respondió el hijo un poco cohibido- pero en primer lugar, sois aún joven, querido padre y tampoco soy yo muy viejo, para cargarme ya de obligaciones...
-Dulces obligaciones. Porque tener una esposa bella, hijos hermosos y robustos que jugueteen por los jardines y ser definitivamente el señor de este contorno, no creo que sean cosas muy temibles...
-Pero aunque eso sea bueno, ¿por qué privarme tan pronto de mi libertad, sin más obligación que cazar, pasear y disfrutar de este bello panorama...?
-Porque la administración de la hacienda me cansa y el dia de vuestra boda os haré entrega de todo y tomaréis las riendas de lo que será vuestro.
Y entonces cambiaremos : el de las obligaciones seréis vos y yo en cambio, podré disfrutar de la tranquilidad y completa libertad que vos tenéis ahora.
-Pues si así lo habéis decidido, supongo que cuando me habláis, es que ya tenéis pensado la que ha de ser mi esposa.
-Ciertamente. Pero no quiere decir que esté resuelto. Si no es de vuestro agrado elegiremos otra.
-Me parece bien. Vos diréis, ¿quién es ella?
-La hija mayor del Corregidor de Cuenca: Isabel.
-Verdaderamente, padre, que habéis tenido buen gusto.
-¡Entonces pediremos su mano para vos! A ver si el año que viene por estas fechas, ya tenemos un ángel rubio y gordezuelo que haga las delicias de todos y alegre este viejo palacio, que ya se iba quedando muy triste...

III.
Tal como se propuso, se llevó a efecto. Fue pedida la mano de la hija del Corregidor, que aceptó complacida.
Con gran contento de todos se fijó la boda, para dentro de tres meses. Debería, por tanto, celebrarse la ceremonia en abril.
En el viejo palacio empezó una nueva vida de actividad y alegría. Albañiles, carpinteros, tapiceros, decoradores, en fin, bullían por todas partes. Se trajeron muebles elegantes y modernos, para toda el ala derecha del palacio, que es la que deberían ocupar los nuevos esposos, una vez celebrada la ceremonia.
El joven condesito estaba cada vez más enamorado de su novia. Todo presagiaba un acontecimiento feliz. Y el conde, satisfeho y contento, dirigía las obras, mientras su hija compartía el tiempo entre vigilar su hacienda y las visitas a su prometida.

IV.
Empezaba el mes de abril.
Una mañana, muy temprano Edelmiro dijo a su padre:
-Pues ten cuidado de regresar antes de que sea de noche, porque la noche o se ha hecho para viajar. Además, sabéis que ese paso del río en la barquilla, me tiene siempre preocupado.
-Nada temáis, ya sabeis que todos los días paso y repaso el Júcar, sin que haya ocurrido el menor incidente. Ya me conocen las aguas del río y los árboles de la orilla.

Además, es mi caballo tan inteligente, que si se volcara la barca, él que nada tan bien, se metería en el río a salvarme, en cuanto lo llamara...si muchas veces ni utilizo la barca siquiera y paso a caballo. ¡Si vierais qué gallardo va y qué orgulloso, cuando paso sobre él el río...! ¡No hay otro como Lucero!


-Bien. No olvides mi advertencia y pasa con sol.
-Así lo haré...

V.
El joven iba contento y forjando planes risueños, porque ya sólo quedaban unos días para la boda. Pensaba en Isabel, a la que había llegado a amar , y embebido iba en estos dulces pensamientos, cuando llegaba a las orillas del Júcar.
Silbando una vieja canción, buscó su barquilla, la desató de un chopo gigantesco, donde como de costumbre, la tenía sujeta a fin de que no se llevara la corriente y se dispuso a subir en ella. En esto, oyó una música dulcísima y al parecer lejana.
Escuchó con atención y sólo a intervalos oía las melodiosas notas, traídas por el sutil viento.
Debe ser en Villaverde -Se dijo-. Pero no creí hubiera en el pueblo músicos capaces de producir estas melodías... y nunca he oído esta música...
Tomó su barquilla, subió a ella, y como otras veces hacía -tras acariciar, pasando la mano por el cuello del noble caballo castaño que montaba- empezó a remar, diciéndole a Lucero:
-¡Vamos a pasar el río...!
Y como si lo entendiera, lanzando un relincho, en señal de contento, blandamente se deslizaron por las verdes aguas del Júcar...


Leyenda de Villaverde y Pasaconsol (Continuación...)