La Ninfa del Júcar (2)

VI.
Ya estaban tocando la orilla opuesta, cuando volvió a escucharse más fuerte la dulce melodía. Saltó de la barca, tomó la rienda a su caballo y sujetó la embarcación a otro chopo, a fin de encontrarla dispuestas para la vuelta.
Entonces, dejándose llevar del hechizo de la hermosa mañana abrileña, dejó pacer a Lucero, mordisqueando la verde hierbecilla y él se sentó un momento para ver la corriente.
Pensaba en Isabel y se decía:
¡Cuánto le gustarán estos sitios admirables...! 
Todas las tardes vendremos a merendar aquí.

En estas reflexiones estaba, cuando la música, pareció oírse de nuevo.
Pero esta vez, no venía desde Villaverde; parecía que brotaran de las melodías de entre las aguas del Júcar.
Perplejo estaba el condesito Edelmiro, cuando una voz dulcísima le dijo, al punto que se levantaba para reanudar su marcha:
-A dónde vas, joven de los ojos azules...?
El conde, sorprendido, miró por todas partes, sin que nada viera. La música había cesado.
El viento movía suavemente las verdes aguas del río, rizándolas en caprichosos dibujos.
-Será una alucinación mía?, repuso.
Porque a estas horas y en este sitio, ¿quién había de haber...?
¡Cómo no fuera alguna sirena...!
Prosigamos, que bastante me he entretenido.
El caballo se había alejado unos pasos y Edelmiro fue hacia él.
Mas en esto, la misma voz vuelve a dejarse sentir, cerca.
-¿Por qué en vez de ir a ver a tus criados, no te vienes conmigo...?
El joven, volvió a mirar por todos sitios, sin encontrar rastro alguno.
Una risa cristalina resonó por aquellos poéticos parajes y a intervalos la música de antes, se oía como llevada por el viento.
Edelmiro empezó a buscar entre la abundante vegetación de la ribera, a la mujer, que creía escondida.
-¿Pero dónde estáis que no logro encontraros...?
una risa más prolongada que la anterior volvió a oírse.
El joven siguió buscando, buscando, y tan pronto parecía que salía la risa de entre la espesura, como del río.
-No os burléis por más tiempo y decidme dónde estáis - repuso Edelmiro.

-Ja,ja,ja...Siguió sonando en sitios diferentes.
Atraído por la risa,buscando entre los juncos y zarzales, pudo descubrir al fin una mujer de belleza fascinadora, que seguía riendo...
Era rubia y llevaba los hermosos cabellos flotando al aire, sueltos, que parecían hebras del sol.
Tenía ojos negros y hechiceros que despedían fulgores, tez blanca y hermosos colores.
Sus rojos labios dejaban ver unos dientes menudos y blancos y unos hoyuelos en ambas mejillas completaban esta deslumbrante belleza.

Túnica blanca modelaba su cuerpo escultural y calzaba finas sandalias de plata que descubrían un pie diminuto y bien modelado, como sus desnudos brazos.
Quedó el joven fascinado y no se atrevió a adelantar un paso más.
-¿Es que tienes miedo?, Ven, ven, que hace muchos días que te estoy esperando...
Y como el condesito aun permanecía indeciso, aprisionado por el hechizo excepcional de tan singular criatura, ésta dando unos pasos hacia él, tan suavemente le habló, tales miradas cariñosas le dirigió, que ya, tastornado no opuso ninguna resistencia.
-¿De dónde sois y que hacéis aquí y a estas horas, en traje tan original?
-¿Y eso qué importa ante el amor que te ofrezco...?
-¿Sois alguna sirena, alguna ondina, que hayáis salido de las aguas?
-Tal vez, tal vez, dijo riendo la joven...
Ya no se acordó Edelmiro, para nada, ni de Isabel, ni de su padre, ni de su hacienda...
El día entero estuvo con aquella sirena, con tal arrobamiento, ajeno a too cuanto le rodeara, que ni pensó en comer ni menos en volver a su casa.
Las horas pasaron y el hechizo,lejos de desvanecerse aumentaba de instante en instante.
¡La ninfa le había enloqueído de amor...!

Empezó a anochecer.
Las primeras estrellas aparecieron en el firmamento azul.
La sirena continuaba riendo y adormeciéndole con sus palabras dulces y melodiosas.
La armoniosa música que oyera el joven por la mañana, empezó a soñar, primero débilmente. Después, más fuerte y distinta.
Parece como si saliera de las aguas del río -dijo Edelmiro.
-Son las ondinas de mi palacio de cristal, que toan sus arpas de oro -dijo riendo la sirena.
El joven no sabía si todo aquello era broma o realidad, mas lo cierto era que estaba como embriagado.
En esto oyó que su aballo relinchaba. Entonces volvió a la realidad.
Vió que era noche cerrada y recordó el aviso de su padre: el río, pasa con sol.
-Es ya muy tarde y tengo que irme, dijo el joven.
-¿Y me vas a dejar aquí...?
-Puedo llevarte conmigo si lo deseas...
-Mejor es que vengas a mi palacio, donde serás el rey de las ondinas y mi dueño.
-¿Al fin, me dirás quién eres? Ya no puede haber secretos entre los dos.
-Soy la Ninfa del Júcar.
-¿Pero que hablas en serio...?
-¡Y tan en serio!
-Yo creí que las ninfas, las ondinas y las sirenas, eran cosa de la imaginación de los poetas. Nunca que fueran realidad.
Pues ahora, ya no podrás dudarlo.
-¿Te vienes, pues, a mi casa...? Le contaré a mi padre lo sucedido.
-Ah, hombre al fin, voluble y temeroso.Temes afrontar las iras de tu padre, que no permitirá te cases con una Ninfa.
-Mi padre es muy bueno y me quiere con delirio...
-¡No! Vente a mi palacio y estarás siempre mecido por las aguas azuladas del río; oirás continuamente músicas bellísimas; verás danzar, envueltas en tules y gasas de sedas multicolores las ondinas, mientras, otras tañen sus instrumentos de plata y marfil...
-Yo no podría vivir bajo las aguas... y además ¡mi padre...!
-¿Me abandonas entonces...?
-No; te llevo conmigo...
Al ir a tomarla de un brazo, la joven, con una agilidad extraordinaria, se escapó, corriendo el enamorado joven tras ella, hasta que por habérsele enganchado en unas zarzas la rubia cabellera, pudo alcanzarla.
-Me moriría sin tu amor. Vente. Subamos a la barca que es ya muy tarde.
-Sea; como deseas.

Subieron a la barca, empezando a remar hacia la otra orilla.
La luna empezó a ocultarse en unos densos nubarrones.
La travesía era un poco larga, porque en aquel recodo del río, éste se ensancha y es, además, muy profundo.
Cuando había llegado justamente en medio, ocurrió una cosa fantástica, increíble. Se puso la ninfa en pie y empezó a danzar, riendo estrepitosamente.
La pequeña barquilla parecía una cáscara de nuez, subiendo y bajando en las agua, al compás que bailaba la ninfa.
Otra música, pero esta vez terrible, resonó por todas partes, haciendo eco a las carcajadas de la bella y a las palabras que otras cien veces oyó repetirse: condesito, "pasa con sol", "pasa con sol", "pasa con sol..."
Bailando, la ninfa salió de la barca y dando vueltas vertiginosas alrededor de ella, tan pronto parecía entrar en las aguas, como salir y andar sobre la revuelta superficie.
El conde, aterrorizado, ya no acertaba a guiar su pobre barquilla, que se mecía en violentos movimientos, sobre las espumas del agua verdosa.
La barca juguete de unas olas, como del mar, dio la vuelta, mientras el aterrado joven, atontado por las risas, el huracán desencadenado, las músicas terribles y el eco que parecía repetirse de veinte sitios diferente, le decía: "pasa con sol", "pasa con sol...", ni acertó a nadar siquiera.
Al día siguiente, encontraron el cadáver de Edelmiro, un poco más abajo del sitio por dónde acostumbraba a pasdar en barca, casi a diario, retenido por las ramas de un árbol seco que estaba sobre el río.
Al amanecer, el conde, que había enviado servidores y salido él mismo después en busca de su hijo, pudo oír de los aterrorizados criados, el relato final de este suceso, que ellos dicen, presenciaron desde la orilla sin poder evitarlo.


VII.
Los años en su carrera incesante, pasaron.
Desapareció la noble estirpe del conde y se desmoronó su señorial mansión, de la que hoy tan solamente quedan algunas ruinas.
Se perdió toda la historia referente a este noble caballero.
Pero lo único que se conserva, es la leyenda, que ha sobrevivido a los siglos y que a partir de entonces , se le unió a Villaverde el nombre de "Pasaconsol", con el que se conoce el poético paraje en que el condesito Edelmiro conoció a la Ninfa del Júcar.


* Datos de esta leyenda: D. Francisco Alarcón, de Villaverde y Pasaconsol.